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En 1967, poco antes del Festival de Viña del Mar |
Cuando llega febrero y vuelve la histeria festivalera, algunos chilenos, aperados de piscola, paciencia y papas fritas, se quedan hasta las tantas de la madrugada hipnotizados frente al televisor en un ritual histórico que no se puede dejar pasar: al otro día será el tema de obligado de conversación.
Otros, más valientes, se encaraman en la punta cerro y con la garantía que les otorga su entrada, pifian en vivo y directo a los malos y chiflan a las buenasmozas.
Pero, para muchos, lo más esperado es la elección de reina: las figuras bonitas que cubren el Festival. No sólo chilenas. En algunas ediciones pasadas, surgieron las rubias, que infladas de ambición y curvas, llegaron especialmente al país dispuestas a ganar la guerra del voto de la prensa acreditada. Eran las platinadas que apenas descendían del avión sacaban a relucir diminutos bikinis y largas uñas afiladas.
Para seguir la pista de lo que ha sido esta singular "fiesta nacional", sería bueno echar marcha atrás, revisar los archivos y desempolvar a una chilena morena, bajita y de ojos bien negros, que sin llevar la corona de belleza ni darse el chapuzón en la piscina de un hotel viñamarino, en 1967 se ganó el corazón de melón de los chilenos.
Fresia Soto fue mucho más que la ganadora de la octava versión del Festival: demostró a todo Chile que una niña sencilla de 21 años podía romper esquemas y transformarse de la noche a la mañana en una diva, a la altura de cualquiera figura internacional.
Se atrevió. Esa madrugada, arrastrando la cola de su sofisticado traje de noche y llevando descomunales pestañas falsas, que como tarántulas despiadadas ondularon sobre sus lentes de contacto calipso, despertó a todo Chile cantando "Cuando rompa el Alba".
Desde el instante en que Fresia Soto recibió la Lira de Oro y los aplausos del público remecieron su moño postizo, la Quinta Vergara no volvería ya a ser la misma.
Con su look kitsch del Pop Art, la morena de la voz suave dio el último grito de la moda y estampó su nombre junto al de otra pionera. Laura Gudack, la modelo que bajando de las pasarelas se subió al escenario y aceptó el reto de ser la primera mujer en co-animar el festival.
Ese verano de 1967 quedaba estipulada una base festivalera esencial: para descollar y hacer historia en Viña del Mar, hay que ser, sea como sea, glamorosa y brutalmente audaz.